martes, 1 de octubre de 2013

Soledad


Hay días en que la inconmensurable Soledad me visita entre miradas ajenas y el frío deslizar de las hojas que caen: quiere hablar una vez más de las olas que se pierden mar adentro, de las nubes pasajeras y de corazones acongojados que habitan entre sus profundos brazos; me visita esa soledad que ahora parece ajena, la que toma mis manos, besa mi frente y siembra de párvulos chubascos mis ojos ausentes… “Te extraño, Perdido”, dice, “Te extraño, y los recuerdos que dejaste acumulados en las cajitas de madera de tu vieja casa y la dorada cadena atada al cuello de un antiguo amor reclaman tu partida: ¿qué te has hecho, señor mío? ¿Qué trampas te puso la vida, que abandonaste mis pasos, mis llantos de mariposa, mis reflejos sin sentido y las largas conversaciones con una guitarra y el tabaco encendido? ¿Por qué me has abandonado, como el hombre a sus sueños, como el padre a su hijo en su dolor? Ahora juegas con otras letras, te recubres con optimismos y dejas que la vida siga su rumbo a ninguna parte, a ese vacío eterno al que ustedes llaman muerte. No, no hay perdones en lengua alguna que sirva para zurcir el abandono que has dejado en mi nombre. No, no hay remedios para una fe deshilada y una espera que no llega a fin alguno. Solo te pido que me visites de cuando en cuando, quizás pueda regalarte otros versos pasados, otras luces atardecidas, otras heridas que comienzan a sanar. No me olvides, hijo mío, que llegué de la mano de tu conciencia, y siempre espero que, cuando menos, repitas mi nombre en las noches completamente negras…”

Me visita de vez en cuando esa soledad que me pertenece, la que alguna vez llamé por su nombre: muerte, la que espera sin prisa que se cumplan la cantidad de pasos designados en esta senda, llamada vida.
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