martes, 10 de septiembre de 2013

"El Encuentro" (fragmento)


Entre los secretos magos draconianos de Fagania, una frase resuena antes de ir a batalla, como un profundo clamor de cascada en cada voz: "Cuando la morada esté en penumbras y su calor esté consumido, cuando la mente y las palabras se silencien del cuerpo y detenga todo ritmo infame, cuando la mano alzada, cuando el índice levantado apunte al infinito cielo, los poderes de las cuatro tierras y los cinco versos serán despertados. Hoy, los que estamos presentes decimos: perdónenlos porque no saben... perdónennos, porque sabemos."

martes, 3 de septiembre de 2013

Indeseado



Ganas de llorar como un bebé, como una cría lanzada a esta existencia sin más remedio, sin mayor apelación, por razones se pueden reproducir en un abanico de posibilidades académicamente incorrectas: en lo general, es el trabajo, la poca razón de los que alrededor se autoproclaman educadores de la vida, formadores de seres, esos que apenas pueden/podemos enseñar a raspar las paredes del propio infierno personal a cada uno de los sujetos que llegan a nuestras manos, ya dañados y desgarrados por un concepto de familia que los reproduce por simple justicia y necesidad obligada para encajar en cuanto sistema se ha creado. También es por la incapacidad misma que se ha entregado para ser uno mismo, esa penosa falta de coherencia entre lo que la boca pregona y lo que los pasos avanzan. Lo peor de esto es el motivo: miedo… un simple y absurdo miedo que funciona de dientes para adentro, porque en el mensaje cotidiano es una ironía más que acompaña el pan de las mañanas y el cafecito de la tarde, mientras se escapan los días de ser él, yo, eso, de ser, simplemente, y dejarse arrastrar por la corriente reivindicadora de las maquinarias obscenas que se construyen a diario para conformarse un poco. Y vamos a la iglesia, salimos a las tiendas a comprar una cosita poca para que nos veamos bien, para calmar la ansiedad y no engordar, para gastar, para no emborracharse y ser como los patéticos de al lado que tienen la casa chica pero el televisor grande, para no ser como el resto pero siendo como el resto… comunes y corrientes.

En la segunda escala (o quizás tercera o cuarta, dependiendo de la lectura anterior, la comprensión, y un delicado “no me importa”), está la más infatigable consternación por esa incapacidad de llorar en público, de llorar como el bebé o la cría lanzada a la vida sin que lo pidiese, a la que bautizan, a la que imponen reglas, a la que se enamora de sus padres, a la que traicionan sus padres, a la que meten al torbellino de la ciudad y lo embarran de prejuicios y atentados contra el resto, contra sí mismos.. y luego el resto llora y se queja como cría porque no entiende lo que le pasó al nene, “si era tan buen pibe, niño, pequeño, joven”, porque su natural intento a rebelarse del yugo del monstruo que había debajo de la cama lo condenó a las agresiones y a la marca de la insurrección… porque no le enseñaron que ese monstruo era él mismo, y lo que quedaba de su creación: el espejo de lo que fue antes de ser, de eso que no se conoce pero se presiente como los bebés antes de ser paridos y las contracciones del retorno a la primera memoria; condena le llamarían unos, oportunidad otros… pero fue exactamente eso lo que no tuvimos, una oportunidad para ser, estar, o, simplemente, negar ambos verbos, como lo hacemos a diario con la naturaleza y los signos de alerta del cuerpo que nos dice “oye, estúpido, estoy enfermo, estoy estresado, me falta descanso, me falta vivir, me falta volver donde mi madre, y no la que te parió, estúpido…” y el estúpido no oye porque… porque no, porque no tiene tiempo, o porque no tiene tiempo, o porque no tiene tiempo… tiempo.

Y se olvidaron que la vida es una cuenta regresiva que no se puede congelar…

Así que escribamos canciones lindas que nos duelan porque es importante aprender a sufrir porque así nos damos cuenta que estamos vivitos y coleando (pero sin cola, la que fue cortada cuando nos patearon a esta realidad) y sin vivir, porque esa oportunidad nos la quitamos nosotros mismos, o las ´generaciones pasadas que se hacían bolsa entre ellos y pensaron que así sería más lindo y justo y de verdad, nos creamos una máquina que nos devora lo único que nos dieron para disfrutar de esta existencia, la única misericordia que tuvo uno o varios dioses o entidades o seres infinitos o finitos, granjeros de hormigas o de saltamontes o de necedades… lo único: la vida.

Redundantemente ilógico, ¿no?

Pero da lo mismo, tenemos auto nuevo, una casa, un perro-gato-canario-tortuga-tarántula-plaga que nos acompaña… ¡ah! Y claro, los hijos, los que trajimos al mundo para ser una familia conformada, para ser ese “que se sho, visteh”, ser algo que nos dicen en los libros que es perfecto y bien constituido.

Así que bienvenidos a nuestra cómoda, patética y conformista vida que no nos pertenece y que no tenemos, a ser felices con las migajas de existencia que nos dejaron… que nos dejamos

martes, 13 de agosto de 2013

"El Encuentro" (fragmento: "Cantos del norte")



Cuando el arrebato, la angustia y la desazón arrecian el corazón del pueblo, nuestra raza busca el equilibrio en el primer pilar de la existencia: la palabra. Es entonces cuando el canto de las grandes gestas del mar poniente y el danzar que representa el vuelo de los dragones por los acantilados de Adaport surgen de cada voz y el poder de los habitantes de Fagania reaparece tranformándolo todo en la más fuerte de las convicciones: uno en todos, y todos el universo.

domingo, 4 de agosto de 2013

Luz Roja


El ruido de los tacones bajos que ella prefería se confundía con el de los autos paralizados por la luz roja, mientras cruzaba rápidamente murmullando en voz baja por no encontrar las llaves de su apartamento en los bolsillos de su negra chaquetita. Al detenerse en la otra esquina, esperando que la suerte la acompañe y el par de traviesas aparezcan en la trifulca de papeles, cosméticos y la libreta verde que reposaban dentro de su cartera, se sintió algo aturdida, le quemó el pecho y la piel reaccionó como los gatos ante la amenaza de algún can o de las sombras que se ocultan en las esquinas de las casas viejas; siguiendo sus instintos se giró hacia uno de los vehículos que aún seguían reposando en las fauces del semáforo: un taxi, una mirada que la agredía, quizás con rabia, quizás con culpa, quizás con la sensación de haber quedado en el camino, en marcha hacia cualquier lugar, hacia cualquier lugar… Carmen quedó pasmada con las lágrimas que brotaban  de los ojos del pasajero, de aquel hombre: olvidó las llaves y olvidó voltear, olvidó la promesa de mirarlo con todo el odio que había reunido, aun cuando él recibía el consuelo de su nueva pareja, aun cuando iban con su hijo dentro del auto, aun cuando sentía nuevamente aquella caída libre en el estómago, aun cuando recordaba el golpe y las piernas le temblaban, porque simplemente lo vio destruido, relegado a dejarse vivir, a permanecer en tránsito sin más motivos que lo que las obligaciones de la adultez le dicten… por primera vez en todos estos años, ella sintió una velada y tibia compasión por ese, que tanto daño le había hecho alguna vez...

Carmen parpadeó un par de veces antes de ver al taxi alejarse por la avenida, sin salir del asombro por aquel cuadro, lo ocurrido, sobre todo consigo. - Que raro - pensó, intentando buscar explicaciones en donde no las hallaría. Al bajar una de sus manos, se percató que en su bolsillo derecho tenía las llaves extraviadas.

jueves, 25 de julio de 2013

Urbana


¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
herido, malherido,
inmóvil, en silencio...

Oliverio Girondo


Los hechos ocurrieron un día de abril, a principios de nuevo siglo. Fue como si un rayo se le abalanzara en un día de lluvia, principios del siglo, aunque no había una nube en el cielo, destello del cual ella jamás se enteró, destello con el que todos se voltearon entornando sus ojos para ver aquello que había ocurrido, por el cual, estupefactos, las manos se fueron al rostro: Una mujer tirada en el medio de la alameda… las hojas cayendo a su alrededor con el color de la tarde, tan cobrizas como el mismo sol que imita, como todos los días, el misterio de la muerte en aquel instante. Las carrozas tiradas y sus jinetes se agolpaban a su alrededor, el reloj de la catedral resonaba ya siendo las ocho. Los pocos testigos le contaron a la policía que apenas se escuchó un resoplido, un chasquido metálico que crujió ruidosamente y, en un parpadeo, ella se desplomó, envuelta en un aura blanca y azulosa, tal como su piel.

La policía, en semanas de investigación, no encontró rastro alguno del culpable, y apenas se identificó la causa de muerte: fuerte golpe eléctrico a la altura del cuello, la que dejó apenas dos marcas rojizas.
 
Cierto hombre compró la edición matutina del periódico donde leía su poema,  “Aparición Urbana”,  publicado bajo otro nombre, el de un tal Girondo, el mismo donde se anunciaba el cierre de la investigación por falta de pruebas y motivos: El mismo hombre que había pasado sonriendo cerca de la mujer que había caído fulminada, el mismo que había liberado al pequeño robot que se adhirió al cuello de la muchacha e  iluminó con su fulgor la tarde y desapareció sin dejar rastro...

El mismo hombre que recitaba en voz baja sobre el ángel tirado en plena calle… ese ángel, tan azul de tan blanco.

domingo, 21 de julio de 2013

Tu silencio


"Dejé mi palabra, barca ligera
a orillas de tu silencio..."


Sigo siendo silencio en tus labios
El perfumado aroma de tus besos
Tan tibios, Sobre los míos
Ahogados, sublimes

Sigo siendo tu caricia
Perdida entre las sabanas
De mi cuerpo centelleante
Con la sonrisa encendida
Y la humedad a cuestas

Sigo siendo y perteneciendo
A tu bandera postrada en mi pecho
Haciendo parte del aliento
Que me da la vida

Más que nunca
Soy, en tus ojos despejados,
Aquella hoja que resbala
Amando el contacto infinito

Y el murmullo de nuestras manos
Comunicando fuego y tierra
Sigo siendo ese rocío
En tu bosque, complacido

Luego del sol
Del miedo y mi partida
Sigo siendo tu silencio
Alma mía.

domingo, 14 de julio de 2013

El Encuentro (Fragmento)



Raziel acostumbraba a entrenar en los campos yermos de las tierras bajas, cerca de los acantilados, ya que intuía – y aunque no todos le creían – que prontamente se desataría la guerra contra la el grupo de los errantes oscuros. Utilizaba, con cautela pero sin limitarse, la mayoría de las técnicas básicas que había aprendido como mago de los elementos en su viaje por las tierras interiores, esperando mantenerse en condiciones para defender al pueblo que lo acogió y, por sobre todo, a Iris, la mujer por la que hace un tiempo decidió quedarse.

En un giro de su espada y mientras realizaba un conjuro de articulación, el aire se tornó más denso y los pasos más pesados y el pecho le ardió, señal clara que algo no estaba bien… y tenía razón. Un grupo de unos sesenta oscuros aparecieron por el lado norte del bosque, comandados por un demonio de mediano rango, de armadura completamente negra y  el triángulo invertido en el pecho, del color de la sangre que nunca los sacia por completo; se le abalanzaron al instante y de manera súbita. “buena practica” pensó entre dientes, sin dejar de estar algo preocupado por la cantidad y lo peligroso del líder de aquel grupo.

Entonces la tierra se abrió y se tragó a algunos, el mago agitó una mano y las raíces de los árboles atraparon a otros tantos, recitó los versos de transformación y en un parpadeo era un Aven que agitaba sus alas velozmente, mientras golpeaba a otro grupo, se elevaba a varios metros por el aire, alzaba su báculo y los rayos caían sobre un suelo del que brotaban más enemigos: sintió el golpe de la energía oscura del demonio mayor, tuvo miedo al caer al turbulento río pero alcanzó a sujetarse de unas ramas, mientras usaba el agua para defenderse de un nuevo grupo, lo acorralaron…

El tiempo se detuvo un instante, al igual que su respiración y recordó al más importante de sus maestros, quien en las costas del norte le enseñó el lenguaje antiguo… “Las estrellas no temen a la oscuridad que les rodea”. Entonces corrió hasta el borde del acantilado, pensó en la mujer que lo enamoró y una sola convicción lo recorrió: no podía fallar.

Se lanzó sin dudar y tras de sí un gran grupo de oscuros apuntando sus espadas a su cuerpo. Gritó con todas sus fuerzas y mientras giraba en el aire se transformó en un dragón mayor, lanzando un gran tornado de fuego hacia los seres que caían tras de sí: su mente estaba completamente en blanco, intentando controlar la furia que comenzaba a dominarlo. En dos aleteos Raziel llegó de vuelta al borde de la inmensa caída, recuperando su forma humana y envuelto el un halo blanco que hizo temblar la tierra que lo rodeaba: creatura que se lanzó a atacarlo se desintegraba, ataque oscuro que lanzaba se desvanecía al instante, sus ojos brillaban con aquel tono dorado del sol que dejaban claro su estado de trance, el poder elemental. El comandante, de nombre Barshe, gritó el nombre del mago mientras se lanzaba hacia él envuelto en furia,  pero en respuesta solo recibió un ataque: pareció como si los cuatro elementos se fundieran en uno solo y como infinitas flechas atravesaran la negra coraza, mientras se expandía la esfera incandescente, destruyendo a los soldados restantes. Todos Desaparecieron casi al instante que el mago caía de rodillas, extenuado y tembloroso por el esfuerzo.

Todas sus sospechas se habían confirmado de la peor de las formas: el alzamiento de los oscuros era inminente y llegarían hasta su aldea. Solo le restaba prepararse.

sábado, 6 de julio de 2013

El "Qué", Fuera de Toda Lógica




“Suma de ausentes voces esta nada
la sombra de una vaga sepultura
niega en su permanencia la escritura
que urde apenas la espura y anonadada
Mallarmé


No escribo para nadie, ni para mí mismo. Las palabras son un acto reflejo de la conciencia que grita, que derrama el sórdido dolor de reconocerse apenas en las sombras.

Esta no-historia va de la mano de mis dos gatos blancos ahora perdidos en la lejanía de sus patas pegadas a un cemento diferente, de Teodoro W. Arnoldo  como excusa para la inspiración ¿por qué? Por una simple y breve leída a los ochenta mundos de Cortázar y unos cuantos tonos del piano de Lou Reed. No escribo para nadie, y ese nadie son todos los que quieran compartir un rato de procrastinación, un rato sin saber nada más de los mortales que pisamos la tierra intentando hacer algo diferente, promiscuos de letras y cansados de rutinas. Sobre todo por el miedo a ser abandonados entre fierros y bocinas matutinas. ¿Lógica?  ¿Acaso es necesario que todo tenga un sentido, una explicación plausible para que las mentes guarden calma y no busquen siquiera una explicación en sí mismos? Extrañar se vuelve una costumbre solitaria, como las olas que han llegado a levantarse más de lo debido en el “mar que tranquilo nos baña. Hace falta la guitarra en las manos y el tormento de los imprevistos que interrumpe todo.

La alquimia de las palabras no tiene, no debe tener un sentido por sí mismo: la realidad es un libro abierto que leemos de una manera personal, íntima y llena de interpretaciones, llena de azar y burlas; el sentido somos nosotros mismos, lo que queramos entender por tal. No esperen que el resto se los dibuje en las manzanas con que explican la maquinaria de la vida.

Ser consecuentes es, en estos días de banalidades, un lujo que muy pocos han tenido el coraje de llevar a buen puerto.

viernes, 28 de junio de 2013

Cosmogonía




Los antiguos artistas usaban varas de madera para dibujar sonidos en la yerma soledad, y por ley primera se pregonaba un castigo a quién hiciese algo diferente: destierro. Cierto día, y por usar las manos y su voz en la tarea que servían las varas secas, uno de ellos fue desterrado del desierto hacia los confines del tiempo; cierto día este encontró en los sonidos que aprendió una serie de silencios y vacíos tormentosos, llenos de caos y absurdo. Ante esto, con los ojos cargados de un brillo jamás visto en los de cualquier otro, decidió llenarlos con movimientos y cantos nunca antes recitados: sonidos y danzas fueron grabados sobre su piel primigenia, mezclando el sudor de su rostro y la tierra que se fundía bajo sus manos, cada cual con nombres únicos y verdaderos.
Luego de siete días, y ya terminada la tarea, introdujo sus pies al nuevo mar y desapareció junto al universo que había creado. La historia cuenta que estrellas nuevas brillaban sobre aquel cielo iracundo que olvidó a los dibujantes y perpetuó al creador solitario.

miércoles, 19 de junio de 2013

Instantes I





Y la voz de un niño me recordó lo terrible del presente: su muerte, su falsa vida en un instante... a cada instante.